A duras penas ella había hecho una cuenta de ahorros. El salario de enfermera no le dejaba demasiado margen para mantener la casa, satisfacer las necesidades más apremiantes de una adolescente y guardar una pequeña cantidad de efectivo en el banco. Cuando le avisaron que iría de misión a Venezuela, de muchas maneras respiró tranquila.
Regresó justo a tiempo para el gran suceso. Ali y su abuela habían visitado los estudios fotográficos con el fin de sondear los precios. Concluyeron que, para las fotos, un paquete que incluía videoclip y demás promociones, necesitaban alrededor de 300.00 CUC. A Yoandra le pareció excesivo, sobre todo, porque tenían otras demandas urgentes, pero "la niña no sería menos que las demás".
El tema de la fiesta resultó más complejo y costoso. Entre el alquiler del local, uno muy popular a los ojos de los jóvenes de su edad, el vestuario y el bufé, se le irían otros 500.00 CUC y eso planificando una concurrencia pequeña y sin notables alardes. El colmo fue que tuvo que comprar presentes para los participantes, cuando a las claras debería ser al revés.
El día señalado finalmente llegó. Ali junto a su mamá y su abuela se entregó a las manos de un equipo de fotógrafos, luminotécnicos improvisados, aguantadores de sombrillas para tapar el sol y demás personal. Cuando bajó las escaleras y su familia la vio estaba radiante. Algunas lágrimas brotaron en el salón y eso amenizó con un toque de melodrama su making of.
La adolescente extremadamente tímida pasó de un atavío a otro, llevó traje largo y hasta le tomaron una instantánea semidesnuda, jugando con las sombras y la imaginación.
En exteriores la cuestión resultó poco menos que insoportable. A pleno mediodía la sorprendió el parque Vicente García con unos zapatos súper altos, que no sabía manejar, y el calor conspirando contra su pose de mujer sensual.
En las afueras del hotel Las Tunas fue otra extensa jornada de modelaje. Cuando la muchacha sintió que desfallecía le pidió al fotógrafo que le diera unos minutos y se alejó algunos metros porque no aguantaba el dolor en las piernas, en la cabeza y el hambre; con tanto ajetreo no habían encontrado un hueco para merendar.
El día rindió con creces para la quinceañera. Un mes después recogió su álbum, las postalitas, los llaveros y el videoclip. Lucía preciosa, aunque había fotos en las que el exceso de maquillaje y la edición la mostraban rubia, y ella era morena. La coqueta joven de la revista no se parecía mucho a la Ali de verdad, una adolescente sencilla y hermosa, incluso, en la ausencia del rímel y el carmín.
A la fiesta fueron más invitados de los previstos. El detalle de los obsequios al final no alcanzó para todos y los familiares se quedaron sin probar la ensalada fría por miedo a que no alcanzara.
Los comentarios de sus amistades fue que se tiraron la casa por la ventana, y de alguna manera así fue, pero al otro día el mundo siguió su curso y recordaron que necesitaban cambiar los armarios, demasiados viejos; que el baño pedía a gritos una reparación y el dinero no había alcanzado para hacer la conexión hidráulica de los lavaderos.
Casi la mitad de los recursos de Yoandra se fueron en los 15 de Ali. Al final, el video quedó archivado en una laptop y el álbum guardado en un cajón del antiguo armario. La niña recuerda la ocasión como una de las fechas más estresantes de su vida. Todo fue pensado para guardar las apariencias y mantenerse a la altura de una tradición que, con los años, ha perdido lo más auténtico, reverenciar la juventud de una moza, festejar el onomástico que la convierte en mujer.
Temo que como la familia de Ali, otras tantas, pudientes o no, sucumben ante el apetito consumista de hacer de los 15 un acontecimiento para impresionar, a veces a costa de dejar sin solución necesidades que en la Cuba de hoy cualquiera lleva bajo la manga.


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