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images 5Las Tunas.- Cada 31 de octubre, cuando la noche se llena de calabazas, telarañas artificiales y muertos con mejor maquillaje que algunos vivos, Halloween vuelve a recordarnos que el miedo también sabe vestirse de fiesta. Los muchachos desempolvan la creatividad, las redes sociales se ponen en modo spooky y hasta el más tranquilo del barrio encuentra una excusa para salir de la rutina con cara de cadáver recién estrenado. Por unas horas, la gente juega a pasar miedo. Lo curioso es que, cuando termina la fiesta y se apagan los filtros, la realidad sigue ahí, sin maquillaje y sin ganas de dar trick or treat.

La celebración llegó desde otras geografías, atravesó océanos, conquistó pantallas y encontró sitio en una generación acostumbrada a conversar con el mundo a golpe de scroll. Sería absurdo exigirle a la juventud que cierre las puertas a cuanto viene de fuera. La cultura nunca fue, ni será una habitación hermética, y las tradiciones tampoco sobreviven por decreto. Los intercambios enriquecen, mezclan imaginarios y permiten que cada generación encuentre sus propios códigos. El problema comienza cuando el deseo de pertenecer convierte cualquier tendencia en una orden y el like termina pesando más que el gusto personal.

Porque Halloween tiene su gracia. Hay ingenio en fabricar un disfraz con cuatro trapos, humor en convertir el espanto en caricatura y cierta liberación en salir una noche vestido de aquello que jamás uno se atrevería a mostrar en el cocotaxi de las 7:00 de la mañana. El tímido puede hacerse demonio o zombi; el que vive de aparentar quizá consiga por fin un personaje a su medida. La fiesta permite jugar con la identidad, exagerarla y reírse un rato de las convenciones. En semejante carnaval de ultratumba, hasta el ridículo puede convertirse en una obra de arte.

Ahora bien, conviene mirar más allá de la foto. En la economía de las redes, cada celebración llega acompañada de su pequeño catálogo de obligaciones. Hay que tener el outfit o la pinta, la iluminación, el sitio perfecto, la pose y, por supuesto, la publicación que demuestre que uno estuvo allí. El monstruo de la noche puede terminar en la frustración de quien no consiguió participar como esperaba. Hasta el miedo se vuelve contenido, y la diversión pasa a necesitar testigos para adquirir importancia.

Mientras tanto, el barrio conserva su propio repertorio de espantos. A veces el susto aparece al revisar la cartera, al calcular cuánto cuesta una salida o al descubrir que el dinero destinado al fin de semana apenas alcanza para resolver lo imprescindible. Hay fantasmas con forma de incertidumbre, monstruos que responden al nombre de futuro y noches en las que dormir tranquilo parece un lujo. Ninguno necesita prótesis de látex ni dientes postizos. Tampoco hace falta invocarlos con una ouija; basta con vivir, mirar alrededor y escuchar las conversaciones que circulan por cualquier esquina.

De ahí nace una ironía difícil de ignorar. Nos entusiasma importar una noche de terror mientras convivimos con preocupaciones que no son propias de una historia de Instagram. Pero tampoco sería justo pedirle a la juventud que cargue con todas las angustias del mundo, incluso cuando sale a divertirse. Los muchachos tienen derecho a la risa, al disparate, al baile y a esas horas de desconexión que ayudan a soportar la semana. Bastante seria resulta la vida como para convertir cada fiesta en un tribunal de conciencia.

La cuestión está en participar con criterio, sin complejos culturales y sin obediencia automática. Si Halloween inspira una creación propia, una reunión entre amigos o una noche de humor, bienvenida sea la calabaza. Si alguien prefiere quedarse en casa, escuchar música o no sumarse a la corriente, también tiene derecho a su paz. Ninguna tradición necesita imponerse para demostrar su atractivo, y ninguna identidad se pierde por disfrutar una celebración extranjera. Lo importante es que la elección nazca del deseo y no del miedo a quedarse fuera.

Al final, quizá el mejor disfraz sea el que nos permita reírnos de nosotros mismos. La juventud no necesita un pase VIP para dialogar con otras culturas, pero tampoco tiene que confundir modernidad con imitación ni popularidad con personalidad. El trick or treat puede durar una noche; la capacidad de pensar por cuenta propia debería acompañarnos mucho más tiempo.

Así que este 31 de octubre, ponte los colmillos si te da la gana, pinta la cara, inventa un personaje y disfruta con los tuyos. Hazlo por diversión, por curiosidad o por el simple placer de romper la monotonía.

Solo recuerda que, cuando llegue noviembre, los vampiros de mentira volverán al armario y los problemas reales seguirán pidiendo atención. Y esos, mi hermano, no se espantan con ajo, crucifijos ni una historia con filtro oscuro. Para enfrentarlos hace falta algo bastante menos fotogénico y mucho más difícil de conseguir: lucidez, solidaridad y los pies bien puestos en la tierra.