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Foto: Yusdel Rojas Ortiz

Las Tunas.- Yerlanis soñó mucho con un embarazo. Rondaba los 32 años y se alistaba a comenzar su primer tratamiento de fertilidad. Fue un camino de tropezones. Y ahora, mientras carga a Dylan, dice: “Mi hijo es un milagro desde el principio, un milagro de fe. Porque me pasó de todo antes de comenzar el proceso y, al final, salí embarazada sin iniciar siquiera el tratamiento. Él es un guerrero desde antes de nacer”.

El día que cumpla su primer añito lo va a vestir de superhéroe y, aunque no ha decidido por cuál, siente que el suyo es el bebé más valiente del mundo. Y no es para menos. Ella tenía seis meses y medio de embarazo cuando la presión subió, las membranas quedaron expuestas y Dylan no quiso esperar. Llegó a la vida pesando dos kilos en medio de un parto complicado e incierto.

Los doctores le dieron siempre muy pocas esperanzas y me dice que cada entrevista con ellos era un susto. Lo cuenta con los ojos brillantes por la alegría de abrazarlo y, cerca de nosotros, la abuela la escucha y, en silencio, no para de llorar. Tras sus lágrimas está un recuerdo desolador, algo así como meses con el credo en la boca, todos apretujados.

“La piel del niño era una telita que veíamos en la incubadora, con aquellas mangueritas y todos los 'aparatos'. Yo creo que mientras viva voy a tener en la memoria el sonido de los cardiomonitores, como de alarma. Y ahí nos parábamos nosotros y le hablábamos mucho, para que él sintiera que era un niño muy querido, muy esperado y darle fuerza.

“Tenía ya tres meses y medio la primera vez que yo pude cargarlo y fue para darle piel con piel. Ir a verlo, cada tres horas, era lo mejor que podía pasarme en el mundo, aunque doliera. Dylan necesitó 19 antibióticos en ese primer trimestre, tuvo múltiples complicaciones respiratorias, tres transfusiones de sangre, estafilococos, hizo una hiperglucemia, rondando cifras de hasta 37 de azúcar en sangre; además de otras afecciones, algunas derivadas de estas o de aquellas o de sabe Dios qué. Fue terrible”.

Por momentos interrumpimos el diálogo. A veces porque Dylan necesita a sus padres y, otras tantas, porque están las emociones a flor de piel y el llanto quiere empañar las palabras. Porque también se llora de alegría, se llora de victoria, de conquista, de esperanza. Así me lo hace saber Daniel, el papá, que pasó con ellos todo el tiempo en el hospital. Nada era más importante.

“Se ven cosas duras en esas salas. Vimos a padres que pasaron lo mismo que nosotros y perdieron la batalla. Porque no todos los niños que llegan allí pueden salvarse y fue muy duro. Cada vez que alguno se ponía mal a uno le dolía porque hicimos una familia, pero también porque Dylan era el caso más crítico, cada vez que algo pasaba yo pensaba que perdía a mi hijo.

“Y te puedo asegurar, porque lo viví, que son héroes los doctores de este país. Hacen cosas con los niños que parecen de magia y trabajan todo el tiempo, no les importa la hora. Algunos duermen en las salas aunque no les toque quedarse cuando tienen algún caso complicado. Saben que si se pone mal por la noche no les da tiempo llegar desde la casa a atenderlo y salvarle la vida.

“Recuerdo especialmente una vez, casi de madrugada, a una enfermera que tenía un bebé cargado dándole piel con piel y cantándole: 'Pin pon es un muñeco, muy lindo y de cartón…', con una ternura, que te daba una tranquilidad tremenda. Y también las vi muchas veces con una jeringuilla dándoles alimento a los bebés, siempre con alegría, canciones, optimismo”.

Y entonces saltan las anécdotas y la carcajada. Un poco los dos juntos, me cuentan: “Mira, hace mucho tiempo que no entraba un papá a la sala de Neonatología a dar piel con piel. Y eso es muy importante para los bebés que están allí, para su evolución. Siempre ese momento era asunto de mamá. Entonces le tocó a Daniel, porque yo tuve gripe en medio de todo ese proceso en el hospital. Él fue para allá, convenció a todo el mundo; no sé si fue carisma o qué fue, pero lo dejaron.

“Entraba todo orgulloso y algunas enfermeras lo saludaban y le decían '¿cómo está, doctor Daniel?' Y él hasta les respondía, 'yo, muy bien, gracias'. Otros le pusieron el mote de 'papá gallina' porque iba 'a atender a su pollito'. Parece broma, pero en medio de tanto estrés, todo eso nos hacía sentir parte de una gran familia”.

Aseguran que eso les dio confianza. Cuando el panorama era el más desolador posible no los dejaron solos, muchos miembros de un equipo médico se quedaban después de su turno y salían del hospital cuando pesaban a Dylan, porque cada gramo era una victoria de mucha gente. Desde que abrieron para mí la puerta de su casa tuve la certeza de algo: allí la alegría está en el aire.

No importa que el coche ocupe el sitio que antes era del florero, tampoco que la conversación se extiende y no dé tiempo a colar el café para la visita y mucho menos que Dylan haga “la gracia” en el momento justo de hacer la foto. Todo es felicidad, gratitud, regocijo. Y después de la tormenta tienen sobrados motivos para luchar por la vida.