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Las Tunas.- Intenta hablar sobre sus recuerdos con toda disposición. Se le ve natural, apacible. Y ahí estoy yo, a la espera, un tanto ansiosa; quiero saber… De repente, una interrogante le atraviesa el pecho como flecha y se aloja allí donde duele, para romper su aparente sosiego. Un nudo en la garganta aprisiona sus palabras y se le nubla la mirada. Tras varios suspiros trata de retomar el diálogo.

Es la licenciada en Enfermería Mercedes Riaño Almeciga, mujer sensible por naturaleza, que le tocó vivir una de las experiencias más difíciles de sus casi 30 años de profesión. Fue allá, en tierra boliviana, que conoció de cerca la maldad humana junto al sufrimiento de saberse lejos de los suyos. Me confiesa que la incertidumbre y el miedo calaron muy hondo, y le dejaron profundas huellas.

colaboradora bolivia“En Bolivia trabajé de instrumentista en un Centro Oftalmológico de Yacuiba, en el departamento de Tarija. La relación con los pobladores era magnífica, ellos siempre recibieron nuestro apoyo. Las clínicas privadas resultaban costosas y el pueblo estaba muy desprotegido.

“Tenemos numerosos ejemplos de personas que entraban al hospital sin un centavo y salían con su visión en perfecto estado. Ellos nos acogieron con amabilidad y mostraban agradecimiento por la atención que les brindamos; realmente sí les hacíamos mucha falta”.

Quizás por eso, a estas alturas, Mercedes no logra entender el rumbo de los acontecimientos. “Con nosotros trabajaban cinco bolivianos, entre ellos, un médico formado en Cuba. Tanto el personal como los pacientes parecían muy honestos, por esa razón hoy me pregunto dónde había guardado tanto odio que hasta quieren invalidarles el título a los médicos graduados aquí”.

¿Y cómo vivió el golpe de Estado a Evo Morales?, vuelvo a interrogar al percibirla más calmada. Ella solo responde: Muy duro. Realmente quiere sacar fuera todo lo que lleva dentro, pero no lo consigue. Otra vez sus vocablos se entrecortan mientras los pensamientos la llevan a esos tristes días que quiere olvidar.

Sin dudarlo, dirige la mirada hacia René Arévalo Rodríguez, su compañero de vida y profesión: “Anda, sigue tú”, le dice. La emoción no la deja expresarse y sabe que él puede dar un testimonio igual de valioso. Tenerse el uno al otro en tales circunstancias fue una verdadera suerte.

“Merci es muy susceptible -refiere el también licenciado en Enfermería- y todo lo vivido allá la impactó demasiado; además, era su primera experiencia fuera de la Isla. En Venezuela yo pasé situaciones complicadas, pero le aseguro que nunca parecidas a las de Bolivia”.

Ambos estuvieron por un período de 17 meses en la nación sudamericana. Durante ese lapso pudieron constatar los avances sociales y formar parte de los proyectos a favor del pueblo.

Me cuenta que la misma gente humilde que siempre los acogió con bondad, optó por darles la espalda. Pero ya lo veían venir. En ese lugar, durante la campaña electoral, muchos bolivianos manifestaban abiertamente descontento con la reelección de Evo Morales. Y aunque a los cubanos no les tocaba mezclarse en política habló más alto el espíritu solidario que llevan en los genes.

“En algún instante les explicamos que, sin Evo, seguramente terminaría la misión médica y que ellos quedarían sin empleo. Sin embargo, prevaleció la ignorancia y la falta de cultura política; y fue fácil para la guerra mediática acondicionarles la mente. Ellos vivían los progresos de un país, reconocido por el crecimiento sostenido de su economía, pero no advertían el esfuerzo gubernamental”, ilustra René.colaborador boliv rene

Entonces Merci se anima a exponer su criterio. “En Tarija casi todos eran opositores y votaban por Carlos Mesa. Al preguntarles el motivo por el cual no querían a Evo respondían que él había estado mucho tiempo en el poder y debía ceder la oportunidad a otro candidato. Argumentos absurdos. Hoy se deben estar lamentando”.

“NOS ASEDIARON QUIENES DEBÍAN PROTEGERNOS”

Me dice Merci que con anterioridad ya tenían concebido una estrategia de salida del país gracias a la visión previsora del Gobierno de la Isla, que no se equivocó. Una vez armado el golpe de Estado, correspondía en primer lugar preservar la vida de los colaboradores. Ella lo sabía y sus compañeros también.

A pesar de la preparación previa y del éxito de lo planificado, me revela que el suceso la afectó bastante desde el punto de vista psicológico. Después de varias semanas en suelo tunero, no logra dormir bien, a su mente vuelven las imágenes y despierta con sobresaltos en la madrugada.

“En Santa Cruz, antes de dirigirnos al aeropuerto, la Policía, Migración… entraron en la casa a efectuar un registro. Nos revisaron las pertenencias y los teléfonos, y tiraron cada cosa como si fuéramos los seres más despreciables. No sufrimos agresiones físicas, pero sí verbales.

“A nuestras credenciales no les dieron valor y alegaron que eran ilegales. A dos colegas las desnudaron para revisarlas; por suerte, un oficial de un rango superior detuvo ese proceder porque a todas nos hubiera tocado pasar por eso. Ellos buscaban armas o drogas y nuestro único delito era estar allí, brindando salud a su pueblo”.

Comenta que la oposición cerró las fronteras y no dejaba entrar ni salir a nadie, ni siquiera con alimentos. Y aunque tenían reservas para unos 30 días, tal y como les habían orientado, refiere que apenas comían o dormían por tantas tensiones.

“Estuvimos prestando servicio hasta las últimas jornadas, conociendo el peligro al cual nos exponíamos al salir a la calle. Ahora valoro aún más la grandeza de la Revolución y del Gobierno cubano que no nos abandonó ni un solo minuto y supo cómo cuidarnos”, afirma.

EN LA MEMORIA

René piensa en quienes dejó atrás y le asalta una expresión de tristeza. Se sabe fuerte y a la vez muy humano. “Me dolió demasiado tener que decirle a un señor que llevara a su padre a una clínica privada para su seguimiento. Recibí su llamada justo antes de regresar a Cuba. Soy consciente de que él no disponía del dinero, pero yo no podía hacer nada. Fue muy duro.

“El estado de enajenación de la gente allí era tal, que a esas horas, algunos todavía se preguntaban por qué salíamos del país”.

A pesar de todo, René no guarda rencores. Prefiere albergar las vivencias gratas y el recuerdo de aquellos pocos que le tendieron la mano en medio de un panorama tan convulso. Y, principalmente, se queda con la satisfacción de haber hecho el bien.

“Sentimos un orgullo inmenso de haber ayudado a miles de personas a recuperar la visión cuando de alguna manera estaban sumidas en el olvido y la desesperanza”.mercedes y rene colaboradores

EN CASA…

Pies en tierra firme, esa fue la sensación de ambos al llegar a casa. Reencontrar a los seres amados les devolvió el aliento. Abrazar a su hija fue sublime. Después de tanta desesperación nada puede hacerlos más felices. Sin embargo, detrás de la sonrisa habita una pena que no les deja despegarse de aquel lugar, de aquella gente a la que entregaron algo más que sus conocimientos.

“Seguimos las noticias de Bolivia -dice René-. El otro día presentaron en la ciudad de El Alto, un centro oftalmológico en el que se atendían diariamente a más de 200 pacientes; ahora está casi desierto”.

No pueden disimular un sentido de pertenencia por esa nación que alguna vez sintieron tan suya.

Al despedirnos, Merci me pide disculpas por sus tantas emociones a flor de piel. Sonrío. Solo puedo agradecerle su tiempo, ese que no supieron apreciar los de allá, y que ella estaría dispuesta a ofrecer una vez más, si de eso dependiera la vida de un ser humano. Igual lo haría René.
Allá van juntos, tomados de la mano, desafiando tempestades… 

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