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Caracas.- ¿Tunero? “Sí, nacido y criado en Las Tunas”, reafirmó con orgullo campechano Dannier Ángel Luis Osorio, y después del saludo impuesto por la Covid-19 comenzamos la conversación como dos viejos conocidos, algo común cuando coterráneos se encuentran fuera de la Patria.

Intercambiamos direcciones y me comprometí a contar parte de la historia de este joven cubano en los cerros de Petare, para acercarlo más a las calles del reparto Buena Vista, a la familia y amigos, y a los pasillos y consultas de rehabilitación del policlínico Gustavo Aldereguía, donde trabajaba antes de partir a brindar apoyo solidario a la Patria de Bolívar.

Nos encontramos en el patio trasero del centro de diagnóstico integral (CDI) La Suiza, a más de mil 600 metros sobre el nivel del mar, donde se yergue esa instalación como símbolo del desvelo del Gobierno bolivariano por la salud de su gente más vulnerable y de la amistad entre Cuba y Venezuela.

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JOVEN A LA ALTURA DE SU TIEMPO

“En estos momentos, con el cambio que ha dado el mundo por la pandemia, no presto mis servicios habituales, pero estoy cumpliendo con la Revolución en labores de pesquisaje casa a casa y me siento orgulloso de estar cara a cara frente a este enemigo invisible, hasta derrotarlo”.

Así piensa a sus 29 años de edad Dannier Ángel, quien desde el 22 de julio del año pasado cumple misión solidaria y por voluntad propia en este CDI, del municipio Sucre en el estado de Miranda. Hasta la llegada de la Covid-19 fungía como rehabilitador, muy a tono con la especialidad estudiada.

“En casos como este, dice, el temor es natural, porque uno enfrenta un enemigo invisible -lo reitera- que puede estar hospedado en cualquiera de la gente que visitamos todos los días. A ciencia cierta no sabemos cuál puede estar infectado y cuál no, pero de eso se trata, de distinguir enfermos y sanos y cortar la cadena de propagación. Ese es nuestro objetivo”.

Dannier reconoce la utilidad del cambio de labor y lo considera muy importante, “porque hay personas con síntomas que temen salir, conscientes de que son una fuente potencial de contagio y tienen miedo al rechazo de los demás. Nosotros llegamos a ellos en sus propios hogares y en casos sospechosos seguimos el protocolo establecido de aislamiento seguro y tratamiento eficiente.

“Algunos pobladores nos han manifestado que al principio de esta batalla pensaban que los médicos cubanos no se les iban a acercar, pero ya han cambiado de opinión gracias al comportamiento de todos los colaboradores, incluso, de otras misiones sociales que nos apoyan y como valientes corren nuestra misma suerte”.

No le molesta ante esta urgencia sanitaria trastocar las rutinas profesionales, aunque extraña a sus pacientes, sabe la trascendencia de esta búsqueda incansable del SARS-CoV-2, “es una opción impostergable, pues esta enfermedad no admite esperas: hay que salir a detectar al patógeno esté donde esté y lo hacemos cumpliendo lo establecido en materia de bioseguridad y el acompañamiento de los camaradas del Frente Francisco de Miranda, milicianos y autoridades comunales que son los movilizadores de los pobladores del barrio”.

El temor se desvanece, “porque contamos con todos los medios necesarios para protegernos y somos conscientes de que si observamos las medidas de seguridad: distanciamiento social, uso del nasobuco, guantes, gafas, batas, trajes de protección, lavado frecuente de las manos…, ganamos esta pelea”.

Antes del adiós, Dannier les pone nombre a las fuerzas, aparentemente intangibles por la distancia, que lo animan en este combate crucial contra un enemigo invisible en los cerros de Petare: “Revolución Cubana, por la oportunidad para formarme; Edan Visto y Ethan Daniel, mis dos niños de 1 año de edad y de 52 días de nacido, respectivamente, a quienes extraño muchísimo y me llenan de motivos para seguir luchando aquí”.

Ya en mi retirada, retoma la palabra para agradecer otra vez a la Revolución y al equipo médico que luchó durante dos meses por la supervivencia de Edan Visto, que vino prematuramente a este mundo; y el acompañamiento de sus dos hermanos, la esposa Enayre y las dos familias que le dan tranquilidad para cumplir su misión.