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tabaquismo

A propósito del 31 de Mayo, Día Mundial Sin Tabaco, 26 llama la atención sobre este peligroso hábito en las edades tempranas.

Las Tunas.- Eso de sentirse el centro de la atención debe haber sido la razón por la que Robert comenzó a llevarse los cigarros a la boca. Al principio solo amagaba, pero no demoró mucho en prenderle fuego y “tragarse el humo”. Cuenta que sus padres lo vieron como una gracia, y no le hicieron demasiado caso.

El vicio comenzó a instalarse en la Secundaria Básica. Llevaba cigarros al aula y los escondía en la mochila para encenderlos a la hora de la salida o en el receso. Las niñas lo miraban como a un “hombrecito” según él, y ese fue el aderezo para seguir en la cuestión hasta que en una reunión de padres fue catalogado como un “fumador empedernido” y todos se rieron, menos sus progenitores.

Robert me cuenta que aunque lo castigaron y dejaron de darle dinero, incluso para la merienda, ya no pudo dejar de fumar. Hoy con 22 años es adicto a la nicotina y en el actual contexto de escasez de recursos ha sufrido más la falta de cigarrillos en la red popular que cualquier otra limitación.

La historia de este joven no es la única que se asomó al tabaquismo con premura. En los albores de la vida es bien difícil tomar las decisiones correctas, y lo cierto es que en nuestro entorno, por diversos motivos, las personas se acercan a este fenómeno en edades cada vez más tempranas.

Para muchos, el hábito de fumar en un niño de Primaria puede ser visto como algo fuera de lo común, pero según los especialistas, este comportamiento tiene su raíz en el propio desenvolvimiento de nuestra sociedad. Los límites entre la niñez y la adolescencia se trastocan. Los más pequeños imitan a los jovencitos (hermanos, primos, vecinos) y también se encuentran desafiando lo prohibido, porque lo asocian con actuar como adultos o hacerse valer.

Los varoncitos son los primeros en llevarse los cigarros a los labios. En su cabeza sí funciona el cliché de los videos musicales y las películas en los que el protagonista aparece ataviado en humo y alcohol. O más cercano aún, ellos observan cómo muchos adolescentes fuman y eso los vuelve popular entre las chicas.

Los padres tienen el gran reto de enseñarles a sus hijos a discernir la realidad de las falacias consumistas, y ayudarles a edificar una autoestima sólida, basada en su individualidad, con sus fortalezas y que no sientan necesario imitar conductas peligrosas para encajar en un grupo o ganarse el respeto.

Es vital educar con el ejemplo, y mantener el hogar libre de esta práctica tóxica. Muchos de los adultos que requieren a los más pequeños por encender cigarrillos a escondidas, hipócritamente inhalan el humo frente a ellos.

La sabiduría popular anima a dejar que los hijos recorran sus propios caminos, pero me atrevo a decir que sin la supervisión de los adultos lo que comienza como un juego puede convertirse en un vicio, y de los más peligrosos.

Preparar a los niños y jóvenes para el futuro no es cosa sencilla. No solo se trata de procurarles la mejor ropa y los zapatos más caros. Es preciso plantearse largas charlas, sin ofensas, ni amenazas. Mostrarles, por ejemplo, que el tabaquismo y otros hábitos no son atractivos, sino perjudiciales para la salud y, definitivamente, mortales.