Las Tunas.- El cineasta Arturo Santana llegó a Las Tunas con el pulso fresco de quien transita los caminos del arte sin más brújula que la sinceridad estética. Un agradecimiento franco a los amigos abrió el diálogo en un territorio donde la creación audiovisual busca constantemente su propia voz.
El director arribó a estas tierras tras concluir el rodaje de un documental y mostrar en Holguín su más reciente producción cinematográfica. Aquel periplo confirmó la vitalidad de un creador curtido en los predios de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), cuando comenzó abrazando la literatura antes de sucumbir al sortilegio de los talleres de cine.
Ante los realizadores y artistas tuneros congregados para la ocasión, flotó enseguida una certidumbre inapelable sobre el oficio. Uno es director de cine o sencillamente no lo es -le dijo alguien un día-, a lo que él sentencia y suma que también se es un ente decisor con la agudeza de quien evoca la esencia del arte para sacudirse los eufemismos vacíos.

Aquella discusión sobre las etiquetas no hizo sino reivindicar una trayectoria que hunde sus raíces en 2003 con piezas que, a su juicio, lo elevaron como creador. La crítica lo tilda de afrancesado, pero él mantiene intacto el mismo sello desde sus inicios hasta esta hora.
La brújula de su obra rehúye el cómodo refugio del cine puramente festivalero, para abrazar el calor de las grandes mayorías. Sus películas buscan el intercambio vivo con el espectador en las salas oscuras donde la vida real se mira al espejo.
A las 2:00 de la tarde se programó la proyección de su estreno titulado Cinco historias de amor y un bolerón desesperado, una muestra palpable de esa vocación popular que en su día también dio vida a Bailando con Margot, en 2015, aquel largometraje ambientado en la Cuba de los años 50 donde confluyeron los rostros inolvidables de Mirtha Ibarra, Yenisse Soria, Camila Arteche y Niu Ventura.
Dirigir una película encierra una paradoja dolorosa y hermosa, porque un director es aquel que comanda la maquinaria que otros ejecutan con sus manos. Santana asume esa responsabilidad como un solitario que carga sobre sus hombros el peso de cada plano.
En Las Tunas, ese intercambio dejó abierto el apetito por un cine nacional que no renuncia a la belleza ni al pensamiento crítico, recordándonos que el arte verdadero siempre exige quemarse las manos en la hoguera de la autenticidad.