Las Tunas.- Adis Nuris Rodríguez Merino ajusta el peso de la barra, respira hondo y busca su reflejo en el espejo del gimnasio. Tiene 50 años. A esa edad, donde a la mujer se le suele imponer la mansedumbre o el retiro hacia los contornos de la casa, ella prefiere erigir músculos, desafiar la gravedad y cuestionar los moldes rígidos con la sola firmeza de su estampa.
¿Quién dicta la forma, el contorno o el peso que debe habitar una mujer cuando rebasa los 50 años? En una sociedad pronta para el juicio ligero y la etiqueta apresurada, Adis Nuris aprendió a responder sin estridencias verbales. Su sola presencia en la tarima es una objeción contra esos prejuicios añejos que pretenden encarcelar la belleza y la fuerza en el patrimonio exclusivo de los años mozos o de lo masculino.
El camino hasta este punto no tuvo nada de idílico. Ocurrió en 2017, cuando un accidente la dejó a merced de unas tendinopatías crónicas. Aparecieron las muletas, el aislamiento físico y ese sedentarismo pesado que llegó a marcar 69 kilogramos en la báscula. Cuando cruzó por primera vez la puerta de un gimnasio rondaba los 47 años y la vida, sencillamente, dio un vuelco.
"Al principio dolía todo. Costaba horrores levantarse, ir, vencer la pereza y el cansancio acumulado de años. Pero fui haciendo de la disciplina un hábito diario. De pronto descubrí que aunque mis piernas tenían límites claros para caminar, mis brazos y mi torso podían trabajar con las cargas. Podía adaptar los movimientos, entrenar sentada, sacarles la vuelta a las lesiones y volver a sentirme viva", rememora.
Junto a la transformación de la masa muscular vino el rescate de la mente. Volvió el fuego interior, la autoestima recobró su cauce y aquel cansancio del alma que la perseguía fue perdiendo terreno hasta desaparecer.
"Aprendí a escuchar mi propio cuerpo. Hay días en que la máquina da para más y otros en que toca aflojar la carga y ser piadosa con una misma. La única clave verdadera: no abandonar jamás", confiesa.
En 2024, sentada entre el público de un certamen provincial de fisiculturismo, sintió que el elixir del escenario le entraba en las venas, "algún día voy a estar ahí arriba", se dijo. Lo que ignoraba entonces era la clase de madera de la que debía estar hecha para sostener semejante promesa.
A las mujeres maduras se les enseña a volverse invisibles. Cuando una de ellas decide moldear un cuerpo fuerte, definido y voluminoso, el entorno suele reaccionar con perplejidad o con esa frase condescendiente que pretende frenarlo todo: "ya no estás para esos ajetreos", "es demasiado para la edad que tienes". Ella desmonta esa trampa cultural y reivindica que la autonomía sobre el propio cuerpo no caduca con los años y que la plenitud, como cada cual la entienda, es un territorio que se conquista a cualquier edad.
"Le dije a mi hijo que anotara la fecha, 12 de marzo. Le prometí que me recuperaría sin infiltrarme y que competiría. Cumplí la palabra empeñada. En mayo de 2025 llegó el Máster Cuba, tenía 49 años. Fui la única mujer en mi categoría y la primera en inscribir su nombre en la historia de ese torneo".
No faltaron las miradas oblicuas ni la incomprensión cotidiana. Preparar el cuerpo para la alta competencia exige privaciones que el entorno civil rara vez respeta. Decir "no, gracias" ante una mesa servida o defender una dieta estricta frente al reclamo social de la fiesta requiere un coraje igual a levantar 100 libras de hierro.
Su sueño actual fija la mirada en podios internacionales, siempre bajo la bandera limpia del culturismo natural en la categoría Máster 50+. La renuncia absoluta a los atajos farmacológicos constituye en ella un dogma ético.
"No hay equidad posible si se mide en la misma balanza a quien entrena a pecho descubierto contra quien utiliza ayudas químicas. Son caminos distintos, filosofías opuestas y resultados que responden a lógicas totalmente ajenas", explica con serenidad.
Aunque sueña con el Campeonato Nacional, la ética le hace pausar el trayecto. Su trabajo organizativo dentro de la Asociación de Culturismo y Fitness de Cuba la coloca en una encrucijada moral, aunque tampoco clausura la ilusión de volver a posar.
Conoce los vericuetos peligrosos de quien busca el músculo rápido sin entender los tiempos de la biología. Por eso, su consejo nace de la cicatriz y la sabiduría vivida.
"A quien quiera entrar en este mundo le pido dos cosas: que no tenga miedo, pero que tampoco lleve prisa. El músculo tonificado es obra del tiempo, del descanso y la paciencia. Intentar prepararse dos meses antes de una justa es una locura peligrosa.
"Hay que construir con calma y luego ir quitando la grasa poco a poco, cuidando la salud como el tesoro más preciado". Su consejo desentona con una época que lo quiere todo para ayer.
"Llegué a esto a los 47. Debuté a los 49. Convivo con la artrosis, con lesiones viejas y con los sacudiones hormonales de esta etapa. Todo eso está ahí, es real, pero no es una sentencia de muerte ni un pretexto para resignarse. Si quieres competir o simplemente verte mejor, busca buena guía, respeta tu ritmo y sé constante".
Hoy, llegar al gimnasio, ponerse los audífonos y arrancar la rutina le regala “uno de los mayores placeres” que conoce. Asegura que le produce “una satisfacción enorme” y que ya ninguna fiesta le gana a ese rato.
Para quien dude en la puerta de un gimnasio, Adis tiene una sola frase. “Que la edad, el miedo o los prejuicios no decidan por ti".