Las Tunas.- En un lugar tranquilo del pueblo del Kilómetro 17, en el municipio de Amancio, Berta Medero Rojas se sienta en su terraza y disfruta del cálido sol de la mañana que ilumina su rostro surcado por el tiempo, pero vibrante de vida.
A sus 74 años de edad, es un pilar de su comunidad, una mujer cuyas vivencias están entrelazadas con la bodega en la que trabajó durante tres décadas. Ya se jubiló, pero sigue cerca, aconsejando, previendo, capacitando, demostrando un profundo amor por su barrio. La conocimos en enero pasado, en la reinauguración de ese establecimiento comercial. Allí estaba como niña con juguete nuevo.
"Treinta años -dice con firmeza, como si cada palabra llevara consigo el peso de innumerables recuerdos. Me retiré aquí. Treinta años, sí". Su voz resuena como un eco de épocas añejas, llenas de sucesos que parecen cobrar aliento en el aire.
"Era joven cuando empecé. No tenía niños entonces, pero después vinieron mis tres hijos. Cada cliente era un amigo; cada venta, una historia compartida. Me gustaba mi trabajo. Aquí conocí a todo el mundo. Éramos tres en total: el administrador y dos dependientes", dice y su tono deja sospechar la emoción de aquellas jornadas.
"Los tiempos han cambiado bastante. Antes, en esos mostradores, había de todo, leche condensada, frijoles... No solo vendíamos productos, también ofrecíamos un espacio donde la gente podía reunirse, charlar y compartir sus vidas", evoca.
Recuerda a los ancianos que se sentaban en las sillas de la entrada, contando relatos de acontecimientos pasados, mientras los niños jugaban cerca. "Y en las fiestas del pueblo todos venían a comprar dulces y refrescos para celebrar. La bodega era el corazón de esas festividades; los vecinos se unían para decorar el lugar y preparar lo necesario. Son días que guardo en mi corazón".
Berta, que vio lo mismo esas brisas de prosperidad que la rancia huella de la escasez, defiende por encima de cualquier circunstancia la unidad colectiva, la confraternidad, la empatía, pensar en el otro. "En los momentos más difíciles, con las ventas disminuyendo, siempre encontrábamos la manera de salir adelante. La comunidad se apoyaba mutuamente y eso era lo que nos mantenía fuertes". Así quiere que siga, por más que ahora los "mandados" vienen a "buchito" y la situación del país impone los más altos desafíos a la cotidianidad.
Le suma argumentos a la propuesta cuando a su mente vienen las muchas veces que los pobladores se unieron para ayudar a quienes más lo necesitaban, organizando comidas y recolectando donaciones. Y su tienda como parte de esas iniciativas.
"Hoy la bodega está reconstruida, quedó buena, se ve bonita. Un sueño cumplido. La primera vez que vi las nuevas estanterías me sentí como si estuviera mirando a un viejo amigo renovado", cuenta entre sonrisas.
¿Qué mensaje les dejaría a los vecinos?, le pregunto. "Que la cuiden", responde sin dudarlo y empieza a hablar de otros deseos y promesas de eternidad.
"Quiero que los jóvenes de hoy entiendan lo que la bodega ha representado para este barrio. Es más que un comercio; es un símbolo de nuestra historia y nuestro compromiso con la comunidad.
"Jamás me he mudado de aquí. Como dice la canción mexicana, 'en el mismo pueblo y con la misma gente'. Por donde camine me encuentro una cara amiga y un recuerdo que compartir. Este pueblo es mi hogar, y siempre lo será", afirma con convicción la mujer que insiste en valorar esencias que realmente importan: la unión, la amistad y el amor por su terruño.