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elpidio valdés

Las Tunas.- Hay algo profundamente humano en el deseo de concederle movimiento a lo inmóvil. Desde tiempos remotos, la imaginación busca maneras de prolongar un gesto, alterar las proporciones del mundo y concederle voz a cuanto permanece en silencio. La animación nació de esa inquietud y convirtió una antigua aspiración en un lenguaje artístico. Cada imagen guarda una fracción del movimiento; juntas, componen una ilusión capaz de hacernos reír, estremecer, recordar y pensar.

El 28 de octubre ofrece una ocasión para volver sobre esa conquista. En 1892, el francés Émile Reynaud presentó en el museo Grévin, de París, sus Pantomimes lumineuses, mediante el teatro óptico que él mismo había inventado. Más de un siglo después, la fecha convoca a creadores y espectadores de distintas partes del mundo. La Asociación Internacional del Cine de Animación (Asifa) instituyó la celebración en 2002, en homenaje a uno de los acontecimientos fundacionales de esta expresión cinematográfica.20 anos

La historia posterior transformó los procedimientos, multiplicó los recursos y ensanchó las posibilidades del género. El dibujo sobre papel, los muñecos, la plastilina, los recortes y las imágenes generadas por computadora abrieron caminos distintos hacia una misma aspiración artística. La tecnología modificó las herramientas, aunque la esencia del oficio conservó su exigencia. Animar requiere comprender el movimiento, dominar el tiempo, construir una atmósfera y encontrar la expresión exacta para cada personaje. Detrás de unos segundos en pantalla pueden esconderse jornadas enteras de trabajo minucioso.

El espectador suele recibir el resultado con una naturalidad engañosa. Una figura cruza la pantalla, tropieza, cambia de ánimo o emprende un viaje y la mirada acepta la ilusión sin preguntarse cuántas decisiones sostienen aquella escena. El mérito del animador consiste, en buena medida, en borrar las huellas del esfuerzo para que el relato respire por sí mismo. Cada pausa, cada variación del rostro y desplazamiento participan en una escritura visual cuya precisión reclama de sensibilidad, paciencia y conocimiento técnico.

Sin embargo, la animación merece una mirada que rebase el asombro formal. Su capacidad para deformar la realidad le permite examinarla desde ángulos que otros lenguajes encuentran difíciles de explorar. Una caricatura puede desnudar el absurdo de una conducta y disímiles ejemplos de nuestra caricatura nacional lo demuestran. Es muy probable también que una historia dirigida al público infantil pueda contener preguntas que los adultos llevan años esquivando. La libertad de sus imágenes amplía el campo de la reflexión y convierte la fantasía en una vía para comprender la experiencia humana.

También importa lo que una cultura decide animar. Los paisajes, los acentos, las leyendas, los conflictos y las formas de relacionarse con el mundo imprimen una identidad. Cuando una producción conserva los rasgos de su entorno y los transforma en una propuesta estética propia, la pantalla se convierte en espacio de reconocimiento. La diversidad de la animación mundial depende de esa posibilidad de contar desde distintos lugares, con sensibilidades que ensanchan la imaginación del entorno.

Para esta Isla, esta expresión artística posee un territorio de especial interés. El dibujo animado forma parte de la memoria audiovisual de varias generaciones y acompaña la formación de públicos desde edades tempranas. Su desarrollo exige atención al talento, preparación profesional, continuidad productiva y condiciones materiales que permitan convertir las ideas en obras. La riqueza de una tradición cultural necesita creadores capaces de dialogar con su tiempo, renovar sus recursos narrativos y encontrar formas contemporáneas de llegar a los espectadores.

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En un escenario donde las imágenes circulan a gran velocidad y las plataformas compiten por la atención, la animación afronta, además, una responsabilidad cultural. El dominio técnico, por sí solo, no garantiza una obra memorable. La permanencia depende de la fuerza del relato, la singularidad de la mirada y la capacidad de tocar una experiencia compartida por varios de los receptores del producto final. Ningún avance digital sustituye la necesidad de una idea que merezca ser contada.

El Día Mundial de la Animación invita, por tanto, a reconocer el trabajo de quienes construyen universos imagen por imagen y a concederles el lugar que merecen dentro de las artes audiovisuales. Cada personaje que cobra vida lleva consigo una porción de la imaginación de su creador y una oportunidad para que el público mire de otra manera cuanto conoce.

Mientras exista una imaginación dispuesta a alterar el orden de las cosas y una mirada capaz de descubrir sentido en esas transformaciones, habrá imágenes que despierten la esencia del ser y mundos todavía por inventar.