Día Internacional de las Personas Cuidadoras
 
Las Tunas.- Son las 4:00 de la tarde en una casa del reparto Buena Vista y Yaíma ya sabe lo que viene. Su madre postrada, de 89 años, depende de un ventilador que en cualquier momento se detendrá: cinco horas, quizás siete o 10 de oscuridad anunciada. A un lado de la cama hay un pomo de agua racionado como oro líquido.
 
En la cocina, un fogón de keroseno que Yaíma aprendió a manejar a los 50 y tantos, porque el gas escasea. Su historia no es singular en esta provincia; es el retrato de miles de mujeres tuneras que sostienen la vida de otros mientras la suya se desmorona en silencio.
 
Hoy, 5 de noviembre, Día Internacional de las Personas Cuidadoras, vale la pena detenerse en esas manos que ajustan almohadas en la penumbra, que hacen fila bajo el sol por un medicamento que quizás no aparezca, que negocian precios imposibles en un mercado informal donde la inflación no da tregua. Porque cuidar en Las Tunas no es solo un acto de amor; es una prueba de resistencia física y emocional frente a los apagones, la escasez y la incertidumbre.
 
En Las Tunas, el apagón no es una excepción: es una rutina. Cinco horas sin electricidad, a veces siete, ocho... significan que el ventilador se detiene, la bomba de agua se paraliza, la comida en el refrigerador empieza a ceder. Para una cuidadora, cada corte es una cuenta regresiva: bañar a la anciana antes de que se vaya la luz, preparar la comida mientras aún hay corriente, cargar el teléfono por si hay una emergencia médica. Cuando llega la oscuridad, todo se vuelve tacto, memoria y paciencia.
 
Según investigaciones cubanas, la cuidadora típica es una mujer de entre 45 y 60 años, hija o esposa, que dedica más de 12 horas diarias a una labor sin salario ni jubilación. En un municipio capitalino, el 83,33 por ciento de quienes cuidaban eran mujeres, y casi el 70 lo hacía por más de 12 horas al día. En Las Tunas, a esa carga se suma el peso de los apagones prolongados y la escasez de recursos.
 
No es un tema nuevo para el periodismo con enfoque de género en Cuba. El Servicio de Noticias de la Mujer de Latinoamérica y el Caribe (SEMlac) ha seguido el hilo de los cuidados durante años. En un especial ya advertía que las cuidadoras suelen ser víctimas de violencias cotidianas invisibles: la sobrecarga que vulnera derechos elementales, el abandono de la propia salud, la renuncia a proyectos personales. "La sobrecarga de labores intra y extrahogar convierte a esta mujer en violentada", señalaba la psicóloga Grisell Rodríguez.
 
Más recientemente, SEMlac ha documentado cómo la falta de acceso a recursos básicos complica y encarece todo, obligando a las cuidadoras a recurrir a mercados informales con precios inaccesibles, o a buscar alternativas como el carbón o la leña para cocinar durante los cortes eléctricos. La socióloga Lucrines Azcuy Aguilera advierte que "los cuidados dependen en gran medida, o casi en su totalidad, de las familias, y aquellas que no tengan redes de apoyo, algún miembro en el extranjero o recursos económicos quedan en desventaja".
 
Las Tunas envejece. En municipios como Amancio, casi el 20 por ciento de la población tiene 60 años o más. En la provincia existen iniciativas de formación de cuidadores, como las escuelas comunitarias que se han promovido en varios municipios tuneros, donde se enseñan habilidades para atender a personas enfermas o en situación de discapacidad, manejar el estrés y reducir cargas. Pero ninguna escuela enseña a cuidar en la oscuridad, a racionar el agua, a estirar un sueldo que no alcanza.
 
El desafío no es solo económico. Es también cultural: desmontar la idea de que cuidar es un asunto de mujeres, reconocer que esa labor sostiene la vida y merece protección social, tiempo de respiro y atención médica propia. Mientras el Estado no pueda garantizar esos mínimos, miles de Yaímas seguirán calculando el desastre a las 4:00 de la tarde, con un pomo de agua racionada y un ventilador que se detendrá en cualquier momento.
 
Cuando el próximo apagón comience -y comenzará-, piense en ellas. La mujer que sostiene la mano de un anciano en la penumbra tunera no solo está cuidando a alguien: está sosteniendo, con un hilo invisible, un pedazo entero de esta provincia.

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