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Las Tunas.- Allí, en el suelo, yacía lo más noble y bello de mi vida, mi madre. Su pedido silencioso de auxilio trazaba a la inversa lo que había sido nuestra "alianza" hasta ese momento… "Niña, ya está la comida", "No vengas tarde, cuídate por ahí", "… ¿echaste el jabón, cogiste los espejuelos?", "¡Mamááá, se me quedó la toalla!…". 

Ahora yo debía ser su sostén, y aunque lo intentaba, no podía pararla. Ella había tropezado con los pies de mi papá y el golpe de su cuerpo al caer me partió el corazón.

En un segundo recordé la vez que, apurados para tomar el tren hacia Holguín, mamá también cayó, y a los niños que éramos entonces mi hermano y yo nos dio por reír. ¡La inocencia!

Pero ya he crecido y sabía que no había motivo para la sonrisa. La mujer que por mí lleva una cicatriz inmensa en su vientre, "qué va a importar si te tuve"; la mujer a la que los palos de la vida no le han arrebatado su ternura, su pelo arreglado y la intención de seguir mirando con ojos buenos el mundo…

Mi sosiego, mi maga, mi yerba mora, mi agua fresca, mi beso imaginado… apenas podía levantar la cabeza, y toda su geografía desparramada tejía el lienzo más doloroso. Y yo seguía sin poder hacer nada. No servían mis brazos, no servían mis piernas.

Pensé en ese minuto en la jovencita de mi barrio que no pregunta cómo está su madre, pero sí le sobran las exigencias más inimaginables; en otro conocido, que apenas se ocupó en la vejez de quien lo trajo al mundo y cuando ella murió era el que más lloraba, "ya para qué", decían los que miraban. Me acordé también de aquel que tiene a su "pura" de pariente en pariente, pues busca "jugarle cabeza" con su propia casa… Y yo me sentí un poco como ellos.

Mi mente andaba a galope, parecía caballo desbocado y quiso, además, saldar deudas de antaño. "Disculpa, mamá, por todo aquel que te dijo que la maternidad era un ensueño absoluto, dejando fuera a aquellos días en los que solo querías llorar, en los que la palabra cansancio te describía con exactitud suprema. 

"Disculpa, mamá, por todo aquel que no te dijo que llorar estaba bien, que era humano. Por todo aquel que sumó presión enunciando argumentados discursos de cómo ser buena madre". ¿Y si tú querías tener tu propio estilo? ¿Y si nada de lo que te contaban se ajustaba a ti?

"Disculpa, mamá, porque no te explicaron que, al dar a luz, no era alevosía dudar, preguntarte a ti misma si aquella personita desde la cuna te anularía como profesional, te volvería otro ser, tan ajeno que no te reconocerías. Disculpa por todos los que solo hablaron del cuento de hadas, del 'ahora sí eres una mujer completa'…; y antes, ¿qué serías?

"Disculpa, mamá, por mi torpeza cuando comenté que no me gustó el traje que tanto costó y tus ojos se hicieron mar; por no entender desde el inicio que los shorts de recortes de tela que nos inventabas era tu amor hablando muy alto; por la nota de Física que nos asustó, por la llamada para decirte que en vez de periodista quería ser…; por la noche que te preocupé con 'ya no quiero seguir ahí'; por el miércoles que debí confesarte que lo mío no era un simple fibroma... 

"Mamá, lo has hecho tan bien... ¡levántate! ... sé fuerte una vez más... ¡levántate!...". 

Los pasos rápidos de mi hermano, sus brazos firmes rompieron mi letargo. La puso en pie, se le notaba mareada, pero abrió los ojos, y la neblina me dijo adiós. "Mamá, no me asustes así".

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