Las Tunas.- Guarda con sutileza el pomo con leche condensada dentro de su mochila. El corazón se le agolpa y va tan de prisa que casi las piernas no le permiten alejarse. Sabe que en algún momento sus padres notarán que falta el frasco que ahora se balancea entre sus libros de texto, pero ella estará en la escuela.
Apenas llega pacta el intercambio. Casi no puede concentrarse en el turno de Historia de Cuba. Las manos le sudan expectantes, el tiempo pasa tan lento… En cuanto suena el timbre del receso se abalanza hacia el puesto del niño que tiene el celular, descarga la mitad del frasco de leche condensada en el pomo de este y ahora sí, agarra el teléfono y ya no importa nada más.
Los escenarios de Minecraf le saben a gloria. Estuvo toda la noche pensando en este momento. Tiene un palacio a medio construir, pero el móvil de su mamá solo coge la 3G y casi no se conecta. Además, en casa el teléfono es para “cuestiones de trabajo”. Los adultos no entienden que sus ganas son tan grandes que la desvelan, y hace días que no merienda a cambio de 15 minutos de juego.
Ahora está a punto de terminar la fuente de sus sueños, con diamantes. Otras cuatro cabecitas se pierden también allá adentro de su pantalla. La aconsejan. Le piden que cambie de juego, pero ella quiere este. Sus latidos ahora son una amalgama de adrenalina.
Está feliz. No escucha siquiera a los niños. No piensa que ha cambiado la materia prima con la que sus padres, cuando llegan del trabajo, hacen cakes para que ella pueda tener zapatos nuevos. No cae sobre la cuenta de que cuando vuelva a casa tendrá un gran castigo. Ella solo quiere jugar.
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Lily (llamémosla así) es una niña vivaracha e inteligente que cursa el sexto grado. Hace unos días sus padres fueron a la escuela para pedir ayuda porque asumen que su hija tiene un problema. Quiere estar todo el día pendiente al celular de su mamá, no baja a jugar porque espera la mínima ocasión para echarle garra al dispositivo.
Cuando recibe una negativa llora como si fuera una bebé y parece como ensimismada. Para colmo, no solo les ha disminuido la leche condensada, también han notado que falta dinero de las carteras y su hija ya no tiene gomas ni portaminas porque todo lo cambia por 15 minutos de conexión.
Al parecer, estos intercambios en su aula son comunes. Lily no es la única que cruza líneas peligrosas. Y aunque la era digital pinta como la octava maravilla y los teléfonos móviles han transformado nuestra vida diaria, ofreciendo un sinfín de oportunidades y facilidades, su uso excesivo ha generado preocupación, no solo entre padres y educadores, sino también en la comunidad médica y psicológica.
Es sabido que pasar largas horas frente a la pantalla puede ocasionar problemas como dolores en el cuello, espalda y muñecas, además de afectar la vista y causar fatiga ocular. La falta de actividad física asociada al uso excesivo del celular también incrementa el riesgo de obesidad. Pero, ¿qué pasa con las adicciones?
Los expertos advierten que, al estar mucho tiempo conectados a sus dispositivos, los niños y adolescentes pueden perder oportunidades para desarrollar habilidades sociales esenciales. Esto podría resultar en dificultades para entablar relaciones cara a cara y crea, en definitiva, un aumento de la dependencia emocional hacia la tecnología.
Diversos estudios han vinculado el uso prolongado de celulares con niveles más altos de ansiedad y depresión. Las redes sociales, en particular, pueden intensificar sentimientos de comparación social y baja autoestima.
Tampoco es extraño que muchos estudiantes enfrenten distracciones constantes debido a sus teléfonos. Esto impacta su capacidad de concentración y, a menudo, su rendimiento académico.
Afortunadamente, los padres de Lily saben que su niña enfrenta un problema y han decidido conseguir ayuda especializada. Este es un importante primer paso para lograr “desintoxicarla” y darle solidez emocional para enfrentar la adultez con más herramientas.
No ponga cara de exageración. Los dispositivos móviles ofrecen innumerables beneficios, pero es imprescindible promover su uso equilibrado y saludable. A los niños toca ponerles límites claros. La osadía de estos tiempos bisoños puede convertirse en imprudencia para allanar otros terrenos y adicciones mucho más peligrosas que, lamentablemente, hoy están acechando a nuestros hijos.