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Las Tunas.- Salgo de casa, apresurada, hay mucho que hacer. En este oficio siempre aparecen pendientes, impostergables o acontecimientos de última hora; es “el pálpito de la noticia”. Antes de partir, activo una alerta mental: protegerme del enemigo invisible que puede habitar en el vecino que me saluda, en mis compañeros de trabajo, en la PC donde escribo, incluso, en mí.

Ando deprisa, más en estos días en los que lo conveniente es quedarse en el hogar. Escojo, pues, el camino más corto y el menos transitado, evito la multitud. Pero allá donde mis ojos van sin los tropiezos de esta “máscara protectora”, otras veces en carro y por rigor con estas líneas, a pie, he vuelto a ver el ir y venir de los tuneros, aparentemente despreocupado.


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Y lo he visto in crescendo y con temor, en las últimas jornadas. Lo denuncia la mirada y el caminar por estas calles que, para ser honestos, no han estado hasta ahora todo lo desiertas que amerita el actual contexto; pero sí, hasta hace unos días, con menor afluencia de personas. Al parecer, empezamos a confiarnos y ahí está el peligro.

En el centro urbano, las mañanas suelen ser particularmente movidas y abundan las colas para los cajeros automáticos, los bancos, el Telepunto, la adquisición de los surtidos por núcleo, en la Western Union y para recoger las compras de TuEnvío. Así las cosas, el corazón de la urbe y otras zonas se vuelven un hervidero de transeúntes, de carros, motos, bicicletas y un ajetreo que por momentos nos traslada a otros tiempos; tiempos sin el SARS-CoV-2. Tal paisaje genera alarma, preocupa.

Algunos salen impelidos por la necesidad o ante una urgencia muy puntual; otros, la verdad, desandan en busca de “no sé qué” o a manera de romper la letanía en las que al parecer los sumergió el necesario aislamiento social.


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Ya muchos ni guardan la debida distancia en las colas, o conversan sin cesar mientras esperan para adquirir un producto. Otros van más lejos, como un señor que en plena calle Colón y en medio de una fila para obtener pan, andaba sin nasobuco, “corrió a ponérselo” ante el señalamiento de un uniformado de paso por la vía y, con la misma velocidad que en el primer acto, se lo retiró en cuanto la autoridad dio la espalda y se alejó unos pasos.

Lamentablemente esto no es todo, al interior de los barrios tal relajamiento de la disciplina, adquiere, a menudo, ribetes más cotidianos, peligrosos, mortales. Cuando usted observa ese panorama no le queda menos que pensar que hemos navegado con suerte. Los días no están para dejarlos al azar, hay demasiado en juego, mucha gente arriesgando “su pellejo”, para prever, curar, salvar.

Sucede justo cuando el país presenta un escenario favorable, nos adelantamos al pico y transitamos por un período de meseta y hacia el descenso en la cifra de contagiados. Sin embargo, ¡ojo, cuidado! Ello no significa que estamos libres del riesgo. La lógica dicta que si no somos estrictos con las medidas de sana distancia y la vigilancia higiénico-epidemiológica podríamos volver a una situación crítica y hasta desencadenar la fase epidémica.

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Silencioso, sin rostro y mortífero, el SARS-CoV-2 trasformó el cariz mundial con consecuencias aún imprevisibles. Mientras el personal de Salud, científicos, autoridades políticas y gubernamentales… se enfrentan “al bicho” más que cumpliendo con el deber, en un acto de amor, corresponde a cada ciudadano estar a la altura de ese admirable esfuerzo y entrega.

Ya vemos que tanto cloro y jabón, pesquisar, protocolo de salud, investigar, uso del nasobuco… y tanto ¡quédate en casa! no han sido en vano. Poco a poco sumamos puntos en esta batalla que solo se gana codo con codo. Que no falte tu aporte.