123c1f80ed5adfd0e0da8951c6213a3f LLas Tunas.- Eva sube con las justas a la guagua. Apenas puede abrirse paso para extenderle los 0.20 centavos al chofer. Entonces él repara en la pancita incipiente y corre la voz, "un asiento para la embarazada, por favor"... Pero los puestos correspondientes ya están ocupados y en todo el ómnibus nadie se mueve de su sitio.

Ella observa decepcionada a los viajeros y repara en que casi todos son mujeres que la miran desde su comodidad sin inmutarse. Escucha a sus espaldas el comentario. Una señora le dice a la de al lado: "El embarazo nunca ha sido una enfermedad. Mejor que se vaya preparando para lo que viene...". La otra agrega sin cuidar el volumen: "¿No quería parir?". Unos minutos después un señor muy mayor, al final de la guagua, le da el asiento.

Nancy camina erguida, consciente de que a su paso las miradas la "acribillan". Tiene el tiempo justo para dejar a su niño en la formación e irse rápidamente para una reunión en el trabajo. Lleva zapatos muy altos y un vestido color mostaza. Sobresale un poco entre otras madres con vestimentas más cómodas y sencillas.

Una trinchera de bicicletas le impide el paso y ella ruega permiso con cortesía. Pero las propietarias no la dejarán pasar. Una quita el vehículo de mala gana y acto seguido dice: "Oye, verdad que hay mujeres ridículas, vestirse así para traer al hijo a la escuela. Debe andar muerta con esos zapatos". La otra apunta: "Y el pelo suelto con el calor que hace, qué excéntrica...". Ella se voltea y repara en las muchachas enlistadas con licras y tenis.

Licy está contra reloj. Mira en la placita una pata de ajos colgando y decide probar suerte. Hay una cola de al menos 20 personas para las viandas. Ella le pide al señor al que le toca el turno que le compre cinco cabezas de ajo, que dejó al niño con el hermano y tiene miedo de que algo malo suceda. El hombre le cede el paso hacia el mostrador.

Enseguida se arma el barullo. Todos escucharon las razones de Licy, pero las clientas del sexo femenino de la cola protestan y aluden que ellas también tienen hijos y maridos y padres que cuidar, que es muy rico llegar fresquecita de la casa e irse con la gestión resuelta por su linda cara, que para la próxima traiga al niño y haga la cola...

Por estos tiempos, en ambientes académicos y sociológicos, se habla mucho sobre la sororidad o solidaridad entre las mujeres, se enuncian las ganancias que han devenido de dicha unión; pero en la cotidianidad, Eva, Nancy, Licy, o yo misma tenemos que agregar que este fenómeno aún adolece de fortalezas desde sus cimientos, e incluso, en las cuestiones más sencillas como el respeto a las individualidades.

En la vida real nosotras, muchas veces, miramos a nuestras semejantes como competencia, nos fijamos siete veces más que los hombres en los zapatos que calzan, en lo "mal que le quedaba esa ropa a fulana" o "lo gorda", "seca" o "vieja" que está. Nadie nos quita la cúspide en cuestiones de ser jueces de estilo o comportamiento sin reparar que a veces podemos estar equivocadas o que, simplemente, no nos corresponde evaluar a nadie.

Hay implicaciones mucho más serias. Es consabido que en varios centros laborales cuando en vez de jefes hay jefas, estas suelen ser más estrictas con las empleadas de su mismo sexo. Si una trabajadora, por ejemplo, comienza a ausentarse por tener a su niño enfermo la máxima dirigente argumenta que ella también ha tenido que lidiar con situaciones similares y cumplir con el trabajo. O sea, encuentra una justificación para olvidarse de actuar con humanidad.

¿A dónde quiero llegar? En terreno de solidaridad, me temo que no hemos avanzado demasiado. No es justo que mientras algunas exponentes andan por el mundo azotando banderas de feminismo y defendiéndonos de los regímenes machistas, nosotras continuemos lacerándonos y cortándonos las alas las unas a las otras. Por Eva, Nancy y Licy, quiero llegar hasta la empatía, la admiración y el respeto.

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