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Las Tunas.- Dicen que quien tiene un amigo tiene un tesoro. Para muchos, en los que me incluyo, ese tesoro son los abuelos. Además de servir como sustitutos honorables de padres ausentes o muy ocupados, generalmente son fuente constante de una medida extra de cariño, lo que representa un buen equipaje para hacer más estable las emociones de niños y adolescentes en los tiempos que corren, en los que la prisa y las urgencias diarias crean barreras invisibles en no pocos hogares.

Diplomáticos y mediadores familiares, referentes en la crianza y el trabajo, son algunos de sus roles. Cuando éramos pequeños agrandaban nuestros horizontes enseñándonos de lo humano y lo divino, de lo que es más importante o cosas tan simples como las hojas de diferentes formas, los muchos colores de un ciempiés y hasta la casa del lobo.

Ahora, en medio de la incertidumbre que vivimos por el coronavirus hay un hecho irrebatible: las personas mayores han llevado la peor parte aportando el índice más alto de muertes, sobre todo, quienes tienen padecimientos crónicos. Aunque no hay evidencia de que se contagien con mayor facilidad, los expertos aseguran que si se infectan están expuestos a un riesgo particularmente alto, lo que atribuyen al debilitamiento del sistema inmune debido a la edad.

En Cuba, el 20 por ciento de la población son adultos mayores, en Las Tunas rondan los 11 mil. Otra realidad más dura es que alrededor del 15 por ciento de los ancianos cubanos viven solos, lo que enciende las alarmas y ha hecho que se tomen desde el Gobierno y las organizaciones todo tipo de medidas e iniciativas en aras de protegerlos.

Son muchos los ejemplos de mensajeros voluntarios, trabajadores sociales o simplemente, buenos vecinos, que les hacen llegar no solo alimentos y medicinas, sino, además, compañía y afecto, para que el miedo y la soledad no se aprovechen de ellos en estos días de aislamiento social al que han sido convocados. Sin embargo, nos urge generalizar en cada rincón de nuestra Isla esas buenas prácticas de solidaridad.

Tales acciones no deben ser dejadas a la espontaneidad, deben organizarse en cada comunidad con el apoyo de las organizaciones de masas, con el fin de propiciar un entorno favorable para todos y cada uno de ellos. Se requiere compromiso colectivo frente a sus necesidades, solo así evitaremos que salgan a la calle, que se expongan en las colas, algo que lamentablemente sigue ocurriendo a pesar de la vigilancia que se hace en este sentido.

Otra urgencia en una sociedad tan envejecida como la nuestra, es exigir a las familias su responsabilidad en la garantía de calidad de vida de nuestros abuelos, pues no pocos se hacen los listos, como dijo recientemente un colega, y dejan al Estado todo aquello que no desean afrontar desde el encargo individual como le corresponde por mandato de la sangre.

Desgraciadamente, no son pocas las historias de desatención y abandono; de ancianos solos o criando nietos, mientras sus hijos se aventuran en otras tierras con la promesa de una vejez sin carencias; o de una señora que tiene cinco hijos, pero solo una se encarga de ella, porque dicen los hermanos que “le toca por ser la heredera de la casa”; igual abundan los que han perdido sus hogares o han sido relegados al rincón de los trastos, al dar cobija a ingratos parientes. En fin, que hay de todo en la "viña del Señor".

Lo cierto es que las familias tienen la obligación, así lo dicta la Constitución de este país, de protegerlos y ofrecerles una vida digna, seguridad y respeto. Más ahora cuando una pandemia nos roba esos instantes de estar cerca y abrazarlos, limitando el tiempo que nos queda junto a ellos, que son los verdaderos pilares de los sentimientos que sostienen nuestros hogares.

Es momento de mirar a nuestro alrededor y ver más allá, no solo dentro de casa, sino en la cuadra; de preocuparnos por el viejito que vive enfrente, por el que vende dulces en la esquina, por el que sabemos que no tiene familia o su casa está en mal estado, por el enfermo, por el que trabaja con nosotros, en fin, por todos. De mí y de ti depende que sigan coloreando nuestro mundo y, sin dudas, es mejor ocuparnos ahora que tener que extrañarlos.