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Las Tunas.- Apenas son las 5:00 am y la fuerza de la costumbre la saca de la cama; invierno o verano no hacen diferencias. Unos minutos después, el aroma del café va robándose el sueño por toda la casa. Los suyos se preparan para abandonar el hogar. Marja los despide de a poquitos desde el portón. Entonces todo queda en silencio y ella reina en su universo de algunos metros cuadrados.

No siente que la vida le cargara deudas. Marja Parra tiene 61 años y la mayor parte del tiempo ha sido ama de casa, por necesidad y, sobre todo, por decisión. El matrimonio de más de 40 años la delata, está esculpida en un molde antiguo, de esos en los que a quien eliges es para siempre y disfrutas la familia porque has invertido cuanto eres en ella.

Me comenta de los días de su infancia, de esa época sin inventos tecnológicos, en la que se vivía con lo indispensable. “No había mucha diversión ni entretenimientos, una usaba casi siempre la misma muda de ropa, pero por alguna razón la gente parecía más feliz”.

Nació en el barrio Propulsión, en la periferia de la ciudad de Las Tunas, pero cuando nacieron sus dos hijos decidieron mudarse al reparto Fernando Betancourt por la cercanía de las escuelas. Al terminar la Secundaria se inclinó por la corticostura, “eran otros tiempos, una no tenía esas grandes ambiciones de superación y lo que quería era trabajar cuanto antes”.

ama de casa2Su formación le sirvió de aval para laborar en los actuales talleres Melissa. Allí fue instructora de costura y más de un lustro se desempeñó como almacenera. “Los muchachos ya habían nacido. Yo me casé con 17 años y el varón no demoró en llegar”.

Su trabajo aportaba un salario más para llevar al hogar. Eran los albores del Período Especial y la escasez azotaba por doquier. “Recuerdo que yo les cosía a máquina los zapatos a mis hijos. Eran de tela con suela de goma de carros. Trataba de que quedaran lo mejor posible, y gracias que podía hacérselos y las mochilas también”.

El padecimiento de las tiroides comenzó a amenazar su oficio. Me dice que le costaba trasladarse de un extremo a otro de la ciudad y se sentía cansada. Pero fue la enfermedad de su hijo mayor lo que la colocó a tiempo completo en el hogar. “Nos asustamos con el niño, no sabíamos lo que tenía y ahí sí ni lo pensé, yo hacía más falta en la casa…”.

“No fue sencillo. Claro que cuando una está acostumbrada a levantarse temprano, arreglarse y salir a trabajar, después la casa se le hace inmensa, una no se siente, no sabe qué hacer con tanto tiempo. También está el hecho de ya no tener dinero propio, pero la familia está por encima de todo.

“Mi esposo siempre se encargó de mantenernos. Él sabía las necesidades de cada uno y hacía lo que podía. Teníamos nuestra vivienda sin terminar, mas no podíamos ni pensar en construir”.

Marja y su compañero invirtieron sus mejores horas en educar a los hijos. Les enseñaron una lección peculiar, “les dijimos siempre que tenían que estudiar y esforzarse mucho para convertirse en profesionales y así prosperar. Y así lo hicieron”.

Los retoños crecieron. El mayor se hizo ingeniero y la menor, doctora. “Fue con el dinero de la misión de ella que logramos terminar la casa. El sacrificio dio frutos. Con esa enseñanza hemos criado a nuestra nieta Thalia, para que se esfuerce y sea como su mamá.

“Cuando mi hija estaba fuera de Cuba, yo tuve que encargarme de mi Thalia. Nos esforzamos por darle todos los gustos, y a la vez, educarla bien. En estos tiempos los muchachos son diferentes, se parecen a su tiempo y hay que darles confianza, pero no perderlos de vista. Fue un compromiso grande. Una como abuela no es igual que como mamá.

“Por estar dentro de la casa una no está ajena a lo que pasa afuera. Y la sociedad actual tiene otro ritmo. Ahora los niños nacen más avivados, inquietos y cuando crecen, pues son más difíciles. Además, hay mucha gente que lo quiere todo fácil, sin trabajar o estudiar.

“Mi esposo es profesor de una secundaria básica y nosotros conversamos mucho de cualquier tema, hasta de política. Nos gustaría que este año traiga más prosperidad, sobre todo, donde se premie al profesional, al que cumple con su oficio como es”.

Marja disfruta su quehacer diario. Asegura que entre el desayuno, el almuerzo y la comida se le agota el tiempo, pero tiene la tarde noche para ver sus novelitas, que tanto le gustan.  No es muy visitadora de vecinos, ni salidora.

Cuando hablamos del pasado y el presente, ella tiene muy claro lo bueno de cada cosa. “No importa el oficio que tenga nadie para aportar a su medio, y lo mejor que una puede hacer es educar, transmitir los valores que le enseñaron”.

Es de maneras sencillas, poco conversadora. Pareciera que solo dice lo que piensa. Tiene un brillo diferente en los ojos cuando habla de su nieta. La veo muchas veces despedir a su esposo desde el portón y me viene a la mente lo efímero y eterno de la vida, la fortaleza intangible de crear una familia fuerte como roble, y lo mucho o poco que necesita una mujer para ser feliz.

 

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