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Las Tunas.- Autos, carros, rastras… todos se detienen. Es un ir y venir perpetuo. Pareciera que debían ser menos, de hecho, lo son, pero aún bastante para las restricciones del momento. Adriano no descansa y no se cansa, o al menos, eso parece. El sol inclemente de estos días y las altas temperaturas le hacen el juego en su trabajo: apenas llega un vehículo, ahí está él, con el equipo en mano, fumigando cada cosa sobre cuatro ruedas.

A esta hora (en tiempos normales) debiera estar en casa, el aula o en el hospital, tal vez en alguna de las rotaciones propias de su formación como enfermero; pero está en El Yunque, a kilómetros de la ciudad de Las Tunas, en los límites con el municipio de Guáimaro, Camagüey.

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Este muchacho espigado se cuenta entre quienes luchan contra la Covid-19 en la provincia; lo hace desde uno de los puntos de vigilancia sanitaria en frontera, que chequea la entrada y salida de viajeros en el territorio. No viste el uniforme de enfermero, sino el de la Cruz Roja Cubana, sociedad a la que pertenece y por la cual está aquí, de cuerpo y voluntad presentes.

Uniformado con un traje que debe resultar caluroso en extremo, Adriano Betancourt Pacheco parece una hormiga, no cesa en su desempeño y anda para allá y para acá, y viceversa. Esperamos por él, no le dan tregua y tampoco se permite una pausa.

Interrumpimos, ¡al fin el diálogo!, breve, fecundo: “Aquí nos compartimos la labor. Hacemos turnos de 24 horas. Lo mismo fumigamos carros, medimos temperatura que tomamos los datos, y así nos distribuimos para no sobrecargarnos. Hoy no he parado. Tenemos bastante trabajo, continuamente unos salen y otros llegan”.

Cuando termina esta tarea, empieza otra muy valiosa. Niurka, su compañera, igualmente voluntaria de la Cruz Roja, me dice que “este muchacho no para, que es un tren”, ¡y se nota!

“En la actualidad roto por el hospital pediátrico Mártires de Las Tunas. Cuando termino aquí, voy para allá en mi jornada de descanso, así no afecto mi docencia y continúo con la misión de voluntario. En el hospital, nos evalúan constantemente el contenido estudiado. Trabajábamos cuatro horas, pero ya nos planificamos para hacer las ocho horas, en días alternos”.

En una parada han establecido el puesto de labores, allí no falta el buen trato a quienes llegan, algunos ávidos de “pasar la frontera” sin justificaciones de peso mayor; otros, irresponsables, viajan sin la noción del peligro; y están, incluso, los que “esconden polizones”, en una travesía interrumpida por quienes también ayudan a cortar el paso al nuevo coronavirus.

“Me siento feliz, alegre y contento, de poder ayudar a la Patria y a las personas, ese es nuestro motivo para trabajar”, sentencia; luego se va, la fila crece si se detiene. La faena apremia.

Curiosa la vida que te sorprende cuando no lo esperas. Tiene vocación de maestra y la personifica en gente que se da y pone la “Patria” en la misma oración que sitúa otras palabras que aluden a la felicidad, la alegría, la solidaridad o el trabajo que tanto enseña. Mientras escribo, pienso, sí, en Adriano y en tanta alma valiosa que por estas fechas le roba horas al dios Crono, multiplica las energías, se crece ante la angustia y la espera… Allí, en la frontera del deber, nacen historias para contar.