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Las Tunas.- Unos meses atrás no se hubiera imaginado organizando colas: de alguien insinuarlo se hubiese reído de lo improbable. Hoy me cuenta su travesía en medio de una larga y medio eufórica fila de personas, a las puertas de una tienda de la cadena Caribe, en las cercanías de Casa Piedra, en esta ciudad. No está allí para adquirir mercancías, la mueven causas más colectivas: vela por el distanciamiento social como protección ante los peligros de la Covid-19.

María Esther Rodríguez ejerce hace 19 años como profesora de Español-Literatura. Antes enseñaba en el municipio de Majibacoa, su tierra natal, y ahora en la secundaria Calixto Sarduy de la ciudad cabecera. Confiesa que disfruta el espacio “íntimo” de su salón de clases, los rostros adolecentes ensimismados, pero la situación epidemiológica la colocó en otro escenario y asegura que de este saldrá también con las manos llenas.

destac“Apenas se interrumpió el proceso docente fuimos convocados para cambiar de labor -me cuenta María Esther-. El 10 de abril formamos el Destacamento de Apoyo Popular y empezó el gran reto de organizar las colas, interactuar con la población, explicarles y exigir tanto el uso de las mascarillas faciales como la separación de más de un metro entre personas.

“No puedo decir que ha sido sencillo. Al principio lo que más pesaba era el miedo de contagiarme con el coronavirus y llevarlo a casa, a mi hijo, a mis abuelos que son el eslabón más vulnerable de mi familia. Ahora el panorama epidemiológico es estable, pero no siempre fue así y justo cuando más temor infundía ahí nos tocaba mediar en las aglomeraciones y tumultos.

“Las primeras veces algunos nos miraron mal. Pensaban que queríamos aprovecharnos y comprar, mas el tiempo demostró que esa nunca ha sido nuestra intención. Hoy ya nos conocen, nos traen agua, café y hasta alguna merienda. Después de cierto tiempo hemos visto el agradecimiento, lo hemos sentido y esas interacciones me atrevo a decir que hasta nos han hecho mejores personas.

“Recuerdo la primera aglomeración para comprar el pollo, la desesperación de la gente, el miedo por la epidemia y por no alcanzar productos. Ahí se escucharon y se vieron posturas incorrectas, pero nada que no pudiéramos controlar, y finalmente la mayoría de los clientes volvió satisfecha a sus hogares".

A estas alturas, María Esther le ha hecho frente a todo tipo de colas: de pollo, aceite, viandas, aseo. Ha permanecido largas horas de pie, a la intemperie, bajo el sol y hasta la lluvia. Incluso, su destacamento ha puesto a producir una finquita que ya está cosechando alimentos.

Me dice que no ha hecho ninguna hazaña, que cualquiera hubiese dado el paso al frente. Y asegura que gratifica ver el resultado de su empeño en estos meses de cuarentena. “Vamos a volver a la escuela siendo más objetivos y de seguro también más solidarios”, asegura.

SIN TIEMPO PARA LAS DUDAS

Habla fluido y con mucha locuacidad, típico de los buenos profesores de Historia. Me cuenta que al principio de la cuarentena estuvo llevando los alimentos a cinco personas que por diversas situaciones y patologías no podían salir de sus hogares. Se desempeñó un buen rato en los menesteres de mensajero, hasta que le convocaron para formar parte del Destacamento de Apoyo Popular y ahí, a tono con la materia que imparte, actuó con total sentido del momento histórico.

“Sí, siempre uno tiene sus temores -expresa Reynel Bon Martínez-. Recuerdo que la gente me decía 'Oye, cuídate' y yo le veía la preocupación en el rostro. En mi caso mi miedo más profundo no era enfermarme, sino contagiar a mi mamá o a mis hermanas. Pero cuando uno está ocupado en buenas causas no tiene dudas demasiado tiempo”.destac2

El docente rememora también la primera cola que “custodió”. Asegura que la venta de pollo se extendió hasta casi las 3:00 am. Estaban medio muertos de sed, hambre y cansancio, pero ese día todo el mundo pudo adquirir la mercancía que precisaba.

“Lo más difícil en esta tarea es complacer a todo el mundo. La gente viene con sus tensiones, sus preocupaciones, sus necesidades y a veces actúa de forma explosiva, pero los que no nos podemos equivocar somos nosotros. Eso lo he aprendido desde la escuela, en el trato con los padres de mis alumnos, pues no siempre son familias funcionales y el reto es hacerse entender.

“Es una labor bonita y no exagero, por más que sea de lunes a domingo uno se siente útil aquí. No todo ha sido color de rosa. Una vez, en una cola de viandas recibimos hasta ofensas, pero después una señora regresó con un té delicioso, a modo de disculpas colectivas y todo quedó zanjado".

Este profe, que ahora enseña en el IPVCE Luis Urquiza Jorge, asegura que continuará organizando las filas a la entrada de las tiendas todo el tiempo que sea necesario. Acumula cierta experiencia, pues además es el presidente del CDR 3, Zona 38, Circunscripción 29. Dice que la gente lo conoce y él los conoce a ellos.

CON EL PACTO DE AYUDAR…

Roberto Leyva Pérez se pasea entre los 24 jóvenes que integran el Destacamento Popular que labora en el área de Casa Piedra. Tiene vasta experiencia como jefe de grupo de trabajo político-ideológico en el Consejo de Defensa de Zona 310504, mas asegura que, de todas, esta es la tarea más importante que ha desempeñado; una que tuvo cerca el “rostro de la muerte”.

Me cuenta que apenas fueron activados surgió la idea de crear un destacamento para velar por la seguridad de las personas y el cumplimiento de los protocolos sanitarios establecidos.

“Precisábamos personas instruidas para la tarea y las encontramos en la secundaria Calixto Sarduy -puntualiza Roberto-. Los profesores enseguida dieron el paso al frente y desde entonces se han crecido en estos menesteres.

“Han hecho de todo, desde velar colas, pesquisar por las tardes, hasta sembrar frijoles, girasoles, boniatos y demás en la finca La Salina. Están listos a la hora que los llames y se van cuando se acaba el trabajo.

“Siempre he estado rodeado de juventud y puedo asegurar que en esta ocasión estos muchachos han respondido con creces, nadie dude que pueden con la misión que se les otorgue…”

Leyva Pérez habla de las hazañas de los “muchachos”, aunque algunos tienen más de 40 años. Les mira con orgullo y rememora cada reto en estos largos meses de trabajar y dialogar mucho.

No dice que él también ha llegado a su casa en la madrugada cuando las ventas se extienden, o que se levanta con el alba y está siempre dispuesto a cuidar a los suyos y ser no solo el jefe, sino uno más de ellos. Ha sido delegado por 14 años de la circunscripción donde hoy labora, presidente de consejo popular y de profesión licenciado en Cultura Física, técnico de Rayos X, cursa el cuarto año en Imagenologia y Radiofísica Médica, y actualmente se desempeña como director del Banco de Sangre de la provincia.

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Roberto, María Esther, Bon y otros tantos custodian fielmente sus áreas de gestión. El destacamento es heterogéneo y versátil. Aseguran que en él han aprendido mucho unos de otros. Han escuchado las anécdotas de Roberto y disfrutan de vez en vez las décimas que a María Esther le salen más que de la pluma, de adentro del pecho.

Se hablan con respeto y con confianza. Vaticinan que de estos tiempos de Covid-19 les quedarán los saberes que han adquirido interactuando con el pueblo, siendo jueces y parte en cada jornada. Hoy hablan de crecimiento personal, de empeño y, sobre todo, de solidaridad, porque de eso se trata, visceralmente, el Destacamento Popular.

 

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