embajada68315Quienes esperaron una vez ser guarimberos en La Habana, quienes sueñan con la gloria de los apóstatas, levantaron su voz en la distancia, aplaudidos por la mafia que domina el escenario cultural miamense y que exige culto y reverencia al amo que paga

La Habana.- Mientras nuestro canciller, Bruno Rodríguez Parrilla, denunciaba el acto terrorista cometido contra nuestra Embajada en Washington el pasado 30 de abril y el silencio elocuente de la Administración Trump ante esta barbarie cometida cerca de la Casa Blanca, la maquinaria de la infamia y el odio gestaba su nueva maniobra.

Esta maquinaria, engrasada con parte del dinero que cada año, a través de los fondos destinados por el Gobierno de EE.UU. para subvertir el orden interno de Cuba y provocar un cambio de régimen, engorda los bolsillos de mercaderes sin escrúpulos, gente que vive de atizar odios, avivar rencores y explotar las frustraciones de dos o tres desamparados morales, en busca de la fama y la gloria de los apóstatas.

Quizá por ello no sorprende la penosa escena protagonizada por cantantes que soñaron alguna vez estar en el centro de un Maidán (Plaza de la Independencia de Kiev), en La Habana, pero fracasaron; artistas para los que el dinero vale más que la dignidad.

"Quienes creen que el dinero lo hace todo, terminan haciendo todo por dinero", dijo Voltaire. El dinero les domina el corazón y lo empoza de tal manera que son capaces de prestarse a la mascarada más infame.

Actuaron en Miami siguiendo un guion preestablecido, elaborado en los laboratorios de la CIA, por equipos multidisciplinarios altamente calificados, la mayoría con una vasta experiencia en este tipo de operaciones de guerra sicológica.

Es parte de la propaganda del enemigo que pretende presentar nuestras carencias, no como hijas de un bloqueo, sino como errores del socialismo y como pruebas del fracaso de la Revolución.

Esa maquinaria seudocultural cuenta con la acción subordinada de mercenarios de la información y sus lacayos, quienes repiten su cantaleta desde las redes sociales, los mensajes de odio desde los canales de televisión, y las incitaciones a la violencia, y a la desobediencia civil, sin ninguna clase de vergüenza.

Desde los canales de comunicación al servicio de EE.UU. no disparan con un ak-47, pero a nada mejor incitan.

El canto servil, el discurso resentido lanzado con ráfagas de rencor y narrativas ofensivas, de pésimo sentido, cargan el arma de los terroristas. Es el himno que ha acompañado siempre a los entes de la destrucción que tanto dolor han causado a los cubanos.

Quienes esperaron una vez ser guarimberos en La Habana, quienes sueñan con la gloria de los apóstatas, levantaron su voz en la distancia, aplaudidos por la mafia que domina el escenario cultural miamense y que exige culto y reverencia al amo que paga.

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