Martes, 12 Noviembre 2019 07:22

Róger y la luz tras el "calvario"

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Las Tunas.- El pasado mes de julio, el Consejo de Estado, en consonancia con el postulado revolucionario de favorecer la reinserción social de las personas privadas de libertad y teniendo en cuenta solicitudes de familiares, acordó indultar a dos mil 604 sancionados en cárceles cubanas. Muchos de ellos, como Róger, hoy hacen efectiva su posibilidad de retomar el camino.

Róger nunca imaginó que su nombre aparecería en las páginas de un periódico. Lo convido a conversar y su primera reacción es dubitativa. Las frases me llegan entrecortadas, con la mirada muy inquieta, como si temiera que al mencionar cierta "cuestión" de su pasado se arruinara nuestro diálogo. Al fin se anima y me pregunta: "¿Usted sabe que estuve preso?". Y yo aprovecho para romper el incómodo "hielo" y le digo que sí, y que aun quiero escribir su historia.

Róger Leonel Téllez González tiene 43 años y lleva el campo impregnado en la piel. Se le colorea en los cachetes y le trasluce por entre las palabras. Enseguida se confiesa un "guajiro", de esos que no entienden de otra cosa que de ganado y de la tierra. Aunque hace un poco más de un lustro, tuvo que "aprender" una lección muy singular. Y me cuenta que definitivamente le marcó la vida.

Su familia siempre le rehuyó a la ciudad. Se asentaron en La Canoa, en la cabecera municipal, pero en un recoveco donde el sol ilumina un caserío pequeño, de fincas, jardines y patios extensos, ajenos al rebullicio y al asfalto.

En ese mismo suelo Róger vio llegar su descendencia. Me cuenta que aprendió de sus "viejos" las costumbres no solo de hacer producir la tierra, sino de armar un núcleo sólido y encontrar una compañera para toda la vida, con quien compartir las jornadas de trabajo, la calidez de las noches y lo impredecible del futuro. Cinco retoños le nacieron a su familia, entre ellos unas mellizas, el mejor aliciente para salirse de las sábanas antes del alba y estar siempre con las botas puestas y el machete en mano.

Siente orgullo de su finquita sin nombre. Por el Decreto-Ley 259 recibió dos hectáreas de tierra y fue armando su patrimonio. El hijo mayor lo secundó en la labor de producir yuca, no cualquiera, sino la más sabrosa y cotizada. Siembran la variedad "señorita", de esa que según él, "solo de oler el agua caliente ya se desarman".trabajo-yuset2

Sus días trascurrían en la más absoluta tranquilidad hasta hace unos cinco años. En esta parte de la historia Róger pega la mirada al suelo y no la levanta. Por más que le insisto allá dentro guarda demonios que se le escurren por la piel y lo torturan, yo casi puedo tocarlos...

Tres vacas y un buey se paseaban por sus tierras. Una novilla caprichosa, que él había ayudado a venir al mundo bebió miel descompuesta y enfermó enseguida. Tres días después ya era un cadáver. Esa noche lo sorprendió con el animal muerto entre los brazos. Y confiesa que no lo pensó, sacó su cuchillo y aprovechó la carne, aunque sabía que estaba cometiendo un delito.

No pone excusas. No me habla de las carencias que impone una familia de cinco hijos, la necesidad de comprar zapatos para la escuela, alguna mudita de ropa y el plato de comida en la mesa. La casita se les estaba cayendo encima y habían comenzado a repararla. Así que no solo pensó en alimentar a los suyos. En la madrugada, cargó unas cuantas libras de carne en su coche y salió rumbo a la ciudad.

Me cuenta que no había andado lo suficiente cuando las sirenas de un carro de Policía lo detuvieron. Asegura que pensó "qué cosa estoy haciendo" y desde ese instante supo que nunca debió haber agarrado su cuchillo aquella noche, que la reparación de su casita no valía un precio tan alto.

Fue sentenciado a cinco años de privación de libertad por sacrificio de ganado mayor. Y tras las rejas comenzó el verdadero "calvario". Por ese entonces su niño menor contaba solo con 3 años. Cada vez que su esposa lo llevaba el pequeño se asía de su cuello y no quería soltarse. A la hora de despedirse lloraba tan alto que él podía escucharlo hasta que abandonaban la instalación. Tenía pesadillas en las noches y escuchaba en sueños los llantos del niño.

Me cuenta que le daba mucha vergüenza ver llegar a su mujer y a su mamá, ya vieja, con una jaba de comida, cuando él sabía el sacrificio que les costaba. Su hijo mayor tuvo que hacerse cargo de la finca y con la ayuda de su madre continuaron la siembra de yuca.

Advierte que dentro de la cárcel el tiempo se trastoca. Que es difícil saber qué día de la semana es o la hora exacta. Allí aprendió muchas cosas, desde dibujo manual, albañilería, cómo hacer jáquimas, hasta cuestiones más complicadas como la naturaleza humana. Supo que "hay hombres buenos aunque estén entre rejas y otros malos e, incluso, peores, que lo único que puede salvarte allí son las ganas de volver a empezar y dejar los errores en el pasado, que en la cárcel el futuro empieza cuando aceptas que cometiste un error y nunca más caerás en lo mismo"...

Después de dos años y medio, Róger regresó a su casa, el pasado 30 de noviembre. Rememora cada detalle del día, la llovizna fina y la cara de los muchachos, incluso, la frialdad con que el hijo más pequeño lo miró, como si fuera un extraño. Después vinieron otros momentos difíciles. Me cuenta que la vergüenza corta la piel como un cuchillo, que haber estado en prisión se siente como un estigma que lo hace bajar la cabeza ante la sociedad, y aunque nadie lo recrimine, él no puede evitar sentirse aún culpable.

Lo encontré en una pequeña oficina de Servicios Comunales. Ahora pertenece a esa entidad y se desempeña como jardinero, aunque su cabeza está siempre en su finca. Firma los primeros miércoles de cada mes y tiene que reportar el más mínimo cambio de sus rutinas al oficial que le atiende.

Me asegura que ahora vive diferente. Le dedica mucho más tiempo a conversar con sus hijos, a alertarlos sobre los peligros y las malas decisiones, a darles consejos. Tiene, además, cuatro nietos a quien mostrarles el buen camino. Y disfruta mucho más los pequeños quehaceres del campo, el silencio implacable de los surcos, incluso, el sol.

Los ojos de Róger, aun clavados en el suelo me impiden preguntar más. Solo me atrevo a darle unas palmaditas en el hombro y desearle suerte. Se despide con respeto y de camino a la puerta parece aliviado. Casi a la salida se voltea y me pregunta: "¿En serio va a escribir mi historia?", y yo asiento con la cabeza. Me dice: "Usted no sabe lo que significa para mí...". Y tal vez tenga razón. Yo solo pienso en cuántos hombres andan por el mundo como Róger, intentando ser mejores, atados a una segunda oportunidad, y a la espera de que todos los que van a su lado lo noten.

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El pasado mes de julio, el Consejo de Estado, en consonancia con el postulado revolucionario de favorecer la reinserción social de las personas privadas de libertad y teniendo en cuenta solicitudes de familiares, acordó indultar a dos mil 604 sancionados en cárceles cubanas. Muchos de ellos, como Róger, hoy hacen efectiva su posibilidad de retomar el camino.

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